Fue un accidente en toda regla, señor. De acuerdo, cuénteme qué pasó. Habíamos acudido, como cada sábado, al lugar de nuestra cita para planificar esa noche y la mañana del domingo cuando apareció; todos conocíamos su carácter susceptible y violento por lo que no acababa de encajar por completo en el grupo; Lucas fue el primero que lo vio llegar y nos lo señaló con los ojos, Juan dio una vuelta alrededor de Lucía y comentó: A ver que nos depara hoy. Todos sabíamos que se moría por los huesos de Lucía. Cuando llegó lo saludamos con el típico saludo del grupo y sonreímos; a Luci se le mudó el rostro y Azu se acercó a ella y la tranquilizó acariciándole los brazos, entonces Lucas dijo: Ha llegado tu Romeo, Luci y, nada más acabar de pronunciar eso, Tino se le abalanzó fuera de sí como si de una fiera loca se tratara mientras decía: ¡Palurdo de mierda, aquí el único marica redomado y dispuesto a morir por el amor de una chica eres tú! Pedro, el mas indómito, después de él, se interpuso entre los dos y lo empujó para separarlo, Tino se desequilibró y calló hacia atrás dándose en la nuca contra el canto de la acera, el resto ya lo saben Uds.
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© Francisco Devesa - 2010
Soy el hombre más triste de la tierra, dijo mirándome a los ojos. Me pasé la mano por la melena y no supe como reaccionar, sabía que me deseaba desde hacía mucho y tal confesión me descolocó, ¿sería un ardid para buscar mi consuelo u otras cosas?, ¿o en realidad, después de haber sido abandonado por su mujer en una estación de servicio de Irún, era en verdad el hombre más triste del mundo?, no sé que decirte, dije, pero si ves que estás tan mal, debes buscar ayuda. Es lo que estoy haciendo, dijo, sabes que no me eres indiferente, es más, me casé con otra porque imaginaba que no estaba a la altura de tu belleza y, por otro lado, no quería romper la magia de la amistad, así estaría siempre cerca de ti y, si me declaraba, al rechazarme, nada volvería a ser igual. Esto es lo que quiere, pensé para mí, y lo miré diferente a como lo hacía de forma habitual, me puse las gafas de sol y con firmeza en la voz dije: Lo siento, bueno, en realidad no sé decir si lo siento o me da igual, nunca he sentido nada por ti y si eres el hombre más triste sobre la faz de la tierra, ve a que te den pastillas para aliviar tristezas y soledades, no he venido al mundo con la vocación de quitapenas; sin más, di la vuelta y me fui; ha pasado tiempo y no he vuelto a saber de él… pobrecito, con su estrategia de la pena y la belleza, casi consigue ablandarme el corazón… cada vez tengo la certeza que la mayoría de los hombres son huesos cargados de miserias.
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© Francisco Devesa - 2010
Es imposible que podamos hacerlo, dijo mirando al suelo. Teníamos la vista puesta en el horizonte y a nuestra izquierda había un inmenso charco, que las lluvias del día anterior, habían horadado en el barro. Justino ajustó su cuchillo de matarife y abotonó el último botón de la camisa; Athos y Dantés no se movieron y Enrique Octavo se volvió hacia mí y preguntó: Faria, ¿tú que crees podemos hacerlo? Yo sonreí al viento, en él percibí olores de maleza quemada que me transportaron a algún pasaje de mi infancia y ahí quedé mientras Enrique, pensando en la maestra, esperaba mi respuesta; entre tanto pasaba una nave y el perfume del humo nos invadió a todos. Lo último que escuché fue la voz de Athos que decía: Es imposible que podamos hacerlo.
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© Francisco Devesa - 2010
La joven tomó las gafas y se dispuso a salir. Alacrán la miró lujurioso y pasó la lengua por los labios. Batista lo observó inquieto, si a aquel energúmeno se le daba por hacer una locura, no podría pararlo, era más fuerte y tenía menos escrúpulos. La chica se dirigió a la barra sacando un pequeño monedero del bolso. Batista intentó pensar rápido, ¿cómo hacer para avisarle que se pusiera a salvo?, y se acercó a ella con la esperanza de que se le ocurriera como advertirla. Alacrán seguía con la vista posada sobre las hermosas piernas de la muchacha y sonreía mostrando toda la mierda que transportaba en su cabeza reflejada en los dientes. Pagó, se volvió, y encontró de frente a Batista, esbozó una sonrisa y enfiló la puerta. Alacrán se puso en pie, esperó a que la joven traspasara el umbral antes de empezar a caminar hacia la salida. Batista pidió un coñac, el camarero le dijo que sólo tenían brandy. Un brandy vale, casi gritó, mientras en su cara se dibujaba una sonrisa amarga, a mí también me gustaba esa tipa, se dijo, y bebió un sorbo, luego preguntó: ¿Cuánto le debo?, lo de aquella mesa también, y señaló con el dedo donde habían estado Alacrán y él sentados. Lo de esa mesa lo pagó la chica que acaba de salir, señor, sólo me debe esta copa. Bebió otro sorbo y gritó para sus adentros: ¡Malditos bastardos!, y no pudo evitar pensar en Tarantino.
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Compramos galletitas saladas y paté y unos dulces. Vicente y Esther nos habían invitado a cenar y esta vez no pudimos eludirlos, además, tanto Yamila como yo quedamos en que era un acto de mal gusto rechazar, por enésima vez, sus amables invitaciones, teniendo en cuenta que a penas nos separaban unos diez minutos en coche. Salimos poco después de las 18:30, llovía con ganas, Yamila conducía despacio y, antes de pasar por delante del híper, un ligero temblor empezó a notarse en el interior del vehículo. Maldije entre dientes la mala suerte que significaba pinchar con el tiempo de perros que nos acompañaba y, notando que el vehículo se deslizaba a su antojo, detuvo el coche. Llamé a Vicente para contarle lo que pasaba. No tardó ni cinco minutos en aparecer con su ranchera a recogernos; dijo que luego, si escampaba, cambiaríamos la rueda o, casi mejor, llamar a la grúa. Así lo hicimos y, ya tranquilos, pasamos una agradable velada, cenamos ensalada de frutas y cordero asado; ya, cuando pasamos al salón con el café, Yamila y él hablaron todo el tiempo de Naguib Mahfuz y del estudio que él estaba realizando sobre la parte de la obra, del autor cairota, que se encuadra en el realismo social; por otro lado, Esther me contaba que su pasión por la electrónica iba en aumento, después de hacer un cursillo por correspondencia, había empezado a elaborar un simulador de sonidos con la idea de aplicarlo al teatro de marionetas.
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Se presentó ante mí de una manera suave y ronroneando, era un hermoso gato, con botas de piel trabajadas con esmero y, con una reverencia, me dijo: Puedo hacer de ti el Marqués de Carabantes, sólo tienes que pedírmelo e invocar a un solo personaje que yo te indique. Al principio me resultó curioso y me produjo algo de risa, le hice también una reverencia y le dije: Señor falso Gato con Botas, sáquese Ud. el disfraz y déjeme ver su verdadera cara, la cara del Gran Macho Cabrío, señor de las brujas, de las burbujas y los aquelarres, animal racional de ojos brillantes, engatusador, ladrón de almas de débiles y no es que sea yo un David, ni siquiera el de Miguel Ángel, pero conmigo no tiene nada que hacer, hará mañana justo tres meses que he vendido la mía y ya estoy en la segunda fase, cuando llegue a la tercera me podré transformar en carnero y podré asistir a algún sacrificio. Poco a poco se metamorfoseó y desprendiendo humo con olor a azufre por las fosas nasales, se convirtió en algo semejante a un fauno de ojos rojos y rostro de embaucador. Entonces, sin más, él dijo: Mi nombre es G. A ambos nos asaltaron los estertores desagradables de nuestras propias carcajadas, sabíamos que ser eso era imposible, G. era mucho más fea.
Impresiones surgidas del frío, Impresiones metalógicas, Hagiógrafo apócrifo, El valle del sendero, De la incertidumbre a lo esotérico, Las noches, El perro con monje, La feliz Navidad del mal, El ángel caído
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Quiero saber a donde vas, maldito canalla, necesito conocer que estás haciendo cuando no te veo. Miré a papá y tuve la sensación que se estaba volviendo loco; estudios y trabajo, era lo que hacía cada vez que salía de casa por la mañana. Eres un maldito golfo, siguió, un indeseable, botellonero y drogata, un desagradecido que no has sabido aprovechar lo que tu madre y yo hemos hecho por ti; en momentos como este, continuó, prefiero saberla donde está, así evita todo el sufrimiento que me estás causando, hijo rastrero y porfiado, egoísta y malvado, ser vil que sólo piensas en ti y en tu bienestar. No le contesté y, ya en la calle, llamé a Segis, le conté lo que me estaba pasando, desde hacía meses, todos los días cuando salía de casa por la mañana; él me escuchó sin interrumpirme, luego dijo: “Lo siento, en cuanto llegue Laure de Samoa lo pondré en su conocimiento y él te aliviará de esa situación tan espantosa que estás viviendo”. En un arrebato de osadía, pregunté: ¿Qué hace Laure en Samoa, está de visita oficial? No, no, ha ido a agasajar a una de sus novias, a practicar un poco de satanismo y a informarse de las posibilidades que puede haber allí para una colonización turístico-invasiva. No pude articular palabra, colgué y, casi sin ánimos, me dirigí a la facultad; puede que mi primer trabajo esté en alguna de esas islas, pensé.
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No seré yo quien diga que no, pero no voy. Eleu me miró extrañado, como si no comprendiera lo que acababa de decir, y para dejarlo más claro, repetí: No seré yo quien diga que no, pero no voy. No entiendo, dijo Marcial, tus palabras llevan implícita una contradicción. Lo miré desafiante y, encarándome a él dije: ¿Qué quieres decir, qué no hablo claro? No, no, Dios me libre, sólo lo que he afirmado. ¡Ah, de acuerdo, más te vale no andar por las ramas! Bien, te necesitamos, sólo somos tres, tú, Marcial y yo y es evidente que nosotros no vamos a conseguirlo, habíamos trazado el plan contando contigo, por eso debo manifestar que tampoco entiendo tus palabras, así que explícate. ¿Quieres decir que no hablo claro? ¡Claro que quiero decirlo!, por eso te estoy pidiendo que expongas lo que no estás dispuesto a hacer y lo que sí quieres. No puedo decirlo más alto ni ser más claro, una parte de mí dice una cosa y otra lo contrario, parecéis tontos. Y lo somos, desde luego, si no fuera así no te hubiéramos elegido; ahora, una vez aclaradas las cosas, abandona esta habitación, tenemos que replantearnos el plan completo y contigo no contamos para ese menester, si no lo entiendes, dime como puedo ser más claro. Entiendo, entiendo, no seré yo quien se quede donde no me quieren, pero antes de irme, tendréis que echarme. Ambos miraron al cielo raso y, sin pronunciar palabra, salieron por la ventana que daba al patio. Salí por la puerta, la cerré con cuidado, y me dirigí al patio, cuando llegué, no estaban y maldije para mis adentros mi signo zodiacal; puto libra, pensé, nunca me dejas inclinarme por una sola opción, te odio y prometo cambiarte, algún día, por otro.
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© Francisco Devesa - 2010
¡Sabes que puedes contar conmigo! Contar contigo… ¿para qué? Bueno, estás pasando por este trance y te veo decaído, como es lógico; no es la situación más fácil de sobrellevar cuando se está solo; por supuesto, dudo que haya dejado de amarte, pero el destino, los hados, las circunstancias… no sé como llamarle, la alejaron de ti cuando nada ni nadie en el mundo te importaba más, y ahora, si sumamos esto, temo que puedas hacer una locura. Una locura, dices, me dejas estupefacto, ¡una locura!, no diré que vayas desencaminado, mi vida está plagada de momentos locos, de perfectos instantes de demencia, pero son mis momentos y, tanto en aquella circunstancia, como en esta, dirigiré mi vida, la reorientaré o sucumbiré pudriéndome en un ataúd o mendigando, me da igual, pero nunca renunciaré a ser yo quien gestione, con la razón o sin ella, lo que me pasa; es un detalle por tu parte, detalle que agradezco, pero no necesito apoyo para la travesía por el tenebroso mar de mi soledad; no quisiera decir que estás equivocado, pero no me queda más remedio. Entiendo, si, te entiendo, pero en cualquier caso, puedes contar conmigo. De acuerdo, gracias, cuento contigo, por lo tanto, vete; no es una cuestión personal, pero me sublevan tus amables palabras, ¿qué quieres de mí?, sé que para quien manifiesta ciertas carencias, puede creer que éstas están en las drogas, así que prueba; sabes que puedes contar conmigo cuando regreses; le di la espalda y fue entonces cuando me cayó la piedra en la nuca, imagino que lo habré herido más de lo que él me hirió a mí, por eso no pienso denunciar nada, Segis, creo que es mejor para todos, La Casa, él, yo, ella.
Te diré Amancio: Gracias al docto pincel, cuando, atrevido y cruel, la humana necesidad, nos enseña a tener maldad; te dejo tranquilo, vuelo a mi sitio.
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© Francisco Devesa - 2010
Llamaron a la puerta. Yo estaba sentado en el salón mirando al vacío con el libro abierto sobre las rodillas. El repiqueteo de la lluvia sobre el tejado me retumbaba dentro como las tracas de una fiesta inverosímil. Llamaron nuevamente y no me apetecía moverme. Recorrí la estancia con la mirada y posé los ojos sobre la oscilante luz de la vela y, sin razón aparente, cuando la llamada sonó de nuevo, se apagó. Dejé que pasara el tiempo, el fuego de la chimenea dejó de producir calor y luz sin que las llamadas cesaran. No conseguí imaginarme quien, a aquellas horas y con semejante tiempo, podía estar en el umbral reclamando una y otra vez mi presencia. Me acomodé, recosté la espalda contra el sillón, me tapé con una manta de Maragata y volví a abstraerme, mientras, en intervalos regulares, seguían produciéndose los golpes sobre la masa espesa y compacta de la madera que me aislaba del mundo exterior. Hasta el día siguiente no sentí curiosidad y, cuando fui a abrir, no había nadie.
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© Francisco Devesa - 2010
No es lo mismo, dije. Se quedó callado evitando mirarme, luego, después de lo que pareció una larga reflexión dijo: A mí me pasa algo semejante, viajo una y otra vez a la frontera en busca de una abstracción indefinida para paliar mi soledad, allí encuentro amor, pero, de regreso, siento que el vacío se hace más profundo y me induce a pensar que nadie puede llenar ese pozo que alberga mi alma; no parece una cuestión de otros seres humanos, es algo consustancial a mi esencia y, cuando llego a ese punto, me hago la promesa de no volver más, pero, pasados los días, un impulso oscuro me lleva otra vez a la frontera, y la historia retorna con cada viaje de vuelta. No es lo mismo, repetí; yo tengo la certeza que nadie podrá, ya jamás, llenar el hueco y me dedico a buscar amor mirando a los ojos de las mujeres, inquiriendo atisbos de receptividad, receptividad que aparece en alguna, y así voy, como el viento de un lado para otro, pero desde hace tiempo es un acto mecánico que sale desde la oscuridad de mi condición de animal; me gusta la frontera, no en el mismo sentido que a ti, para mí emana, desde el otro lado, un halo de misterio cargado de efluvios secretos en los cuales me gustaría perderme; imagino que es un sentimiento imposible y a la vez romántico, y cuando soy consciente de eso, bebo, bebo hasta más no poder para luego vomitar, junto con el alcohol ingerido ese romanticismo trasnochado… espero encontrarte algún día en la frontera. Nos dimos la mano y, sin más palabras, nos fuimos.
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© Francisco Devesa - 2010
Tardé quince horas y veinte minutos en hacerlo, confesó.
Lo miramos inquietos, ¿cómo era posible que hubiese tardado tanto tiempo si habíamos previsto que en hora y veinte debía quedar listo para que pudiésemos configurar el plan?
Ezequiel, trazando con esmero una rueda en el suelo, explicó: Es imposible que podamos ir, no sé que habrá pasado, pero tanto tiempo en ejecutarlo es un gran despropósito y no menos grande contratiempo; bajó la cabeza y con mano firme escribió sobre la parte correspondiente del neumático que había dibujado: MAXXIS 145/70 R13 71 T.
Desde que había visto la rueda, cada vez que encontraba un terreno adecuado, no podía evitarlo y dejaba, trazados a la perfección, neumáticos de marcas y tamaños diferentes. Jerónimo se desató la cinta de la cabeza, escupió sobre la rueda de Ezequiel y con voz demasiado elevada afirmó:
¡Es una mierda lo que has hecho, Patán, si supiera que ibas a comportarte así, hubiera ido yo… mecagüen Dios, quince horas y veinte minutos!
No perdamos los nervios, tranquilicémonos y veamos que podemos hacer.
¡No me jodas, Juan Carlos!, dijo Jerónimo en el mismo tono de voz, lo que podemos hacer es una mierda o ir a tomar por culo, incluso sin condón, sería más seguro.
Di un paso atrás y quedé fascinado por lo que Ezequiel había dejado en el suelo; el escupitajo de Jerónimo parecía la punta de un clavo que hubiese pinchado a aquella maravilla.
¡Dispersémonos y rápido, indicó Facturo, no pienso gastar un minuto más de mi tiempo con semejantes inútiles!
Sin mediar palabra, Jerónimo sacó de la funda un largo cuchillo de monte y lo ajustó, de un solo tajo, en las tripas de Facturo, luego, con la mano izquierda manchada de sangre y una sonrisa inocente en los ojos, preguntó: ¿Quién es el inútil ahora, hijo de puta?
Después de eso, me di cuenta que había empezado a llover, y fui consciente que llovería cuarenta días con cuarenta noches.
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© Francisco Devesa - 2010
Mi alma está lejos, dijiste sin mirarme a los ojos.
¿Qué quieres decir con eso?, pregunté un tanto angustiado.
Sólo lo que has escuchado, estoy lejos, muy lejos de ti, siento que no te amo y te amo, me importas pero no me importas, todo tuyo me es extraño, eres como el calor que queda después de haber apagado la vitro; existe, en este preciso momento, algo que me desliga y me distancia de todo lo que ha sido nuestro mundo, soy un ser desarraigado y siento que no pertenezco a nadie ni a nada, solo a mí misma.
La miré buscando sus ojos, que al final se ofrecieron para traspasarme; la seguía amando con la misma intensidad del primer día, pero vi la lejanía en la oscuridad de sus pupilas y, sin saber que hacer ni que decir, me fui. Pasé un tiempo perdido, he girado, confuso, una y otra vez sobre el mismo tema como un obseso y la conclusión a la que he llegado es que ahora no sé como volver.
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© Francisco Devesa - 2010
No, señoría, el es un súper héroe normal, y sale de casa con la intención de hacer el bien y nunca dice a donde va, pero ese día se marchó un poco enfadado, habíamos discutido y, después de enfundarse el traje comentó que hoy haría algo grande. Hace tres días que se fue y me he enterado por los periódicos que había matado al mito de las Relaciones Perfectas. Nada más puedo decir, sólo alegar que él es un súper héroe preparado para hacer el bien, y si ha destruido esa abstracción, tendrá razones fundadas para beneficio de la humanidad.
Apelará a motivos humanitarios, todos sabemos que ha entregado su vida al bienestar de los habitantes de la tierra, pero desde su última destrucción, mi matrimonio ha entrado en una crisis sin precedentes y, si no le importa, puede escuchar a los asistentes a esta vista: la mayoría de los aquí presentes está sufriendo las consecuencias de tal fechoría; no niego que si profundizamos en nuestras intimidades, en todas encontramos desajustes y desacuerdos irreversibles, pero, aunque cogidos con imperdibles, nuestras relaciones funcionaban. Por consiguiente, desde este momento, Manwom & Man queda en búsqueda y captura y será juzgado por las más altas estancias judiciales. ¿Puedo hacerle una pregunta personal?
¡Claro, señoría!
¿Cómo marchaba su matrimonio?
No muy bien, en los últimos años he empezado a sentir que me estaba resultando aburrido el paso del tiempo a su lado, no tanto por ser él un súper héroe, cosa que al principio me subyugó, pero después de una larga temporada fui sintiendo la necesidad de tener un amante, cuando lo conseguí supe, con certeza, que mi matrimonio estaba conformado por flecos de odio y hastío.
¡Bien, no tengo más que preguntar, se levanta la sesión hasta que el susodicho Manwom & Man sea detenido!
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Dios me ha abandonado, comenté de pasada, Eugenio quedó con la botella de cerveza suspendida mientras me miraba extrañado, Ramona volvió la cabeza asombrada y Lucía sonrió nerviosa. ¿Qué has dicho?, preguntó Pablo. Dije que Dios me ha abandonado; tampoco creo que haya sido un despropósito lo que he manifestado, pues a la vista está que así ha sido. Eugenio dejó la cerveza sobre la barra y dijo: Eres un maldito blasfemo que está atentando contra el primer mandamiento, espero que Dios no te perdone, pues, a parte de maldiciente, eres soberbio, ¿qué pretendías?, ¿qué con los años todo siguiera siendo igual? No, respondí sorprendido ante las reacciones de mis acompañantes, pero imaginaba que sería clemente conmigo dándome, al menos, la mitad de lo que tenía. ¿A qué te refieres?, preguntó Ramona. A algo muy concreto, seguí, antes las mujeres me rifaban, ahora, aunque compre todas las rifas, no me toca una, ¿se puede ser más cruel? Pablo afirmó con la cabeza mientras aseguraba que no a plena voz. Entonces Eugenio agitó su botellín de cerveza y dirigiéndola a mis ojos me cejó con aquel líquido ambarino para, seguidamente, estamparme dos bofetadas con la palma de la mano mientras decía: Necesitas ser bautizado de nuevo, maldito canalla, pero esta vez por las hordas de Mefistófeles. Poncio, que observaba la escena desde una distancia prudente, se lavó las manos y gritó: Si recurren a la violencia cerraremos el bar y se irá cada uno a su habitación y miró a Segismundo que, conciliador, apuntó: “Es verdad: reprimamos esta fiera condición, esta furia, esta ambición, por si alguna vez soñamos”. Y sus palabras hicieron que bajáramos las cabezas en un acto de contrición.
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Habíamos llegado a una Casa extraña, calurosa y hostil. Mamá dijo que nos mantuviésemos unidos, que dispersarse era la antesala de la muerte si antes no nos habituábamos a aquel mundo que emanaba una ferocidad extraña cargada de ruido de coches y de gente transitando sobre aquel espacio abierto y laberíntico. Pasaron dos señores cogidos de la mano y nos regalaron una sonrisa, sonrisa que a mamá no le gustó y, casi a gritos, dijo que debíamos encontrar cuanto antes refugio. Herramos un tiempo sin saber hacia donde nos dirigíamos; la pequeña María rompió a llorar. Me sentí agobiado con sus gritos y lamentos. Mamá intentó calmarla, pero ni sus palabras ni sus caricias parecían hacer el efecto deseado y cada vez gritaba con más fuerza. La gente miraba, de pasada, sin fijar nunca sus ojos sobre nosotros. Yo pensé que en algún punto de aquella Casa nos esperaba papá, después de todo él cubría, con su omnipresencia, los confines del Cosmos y, sin embargo, desesperados como estábamos, sabiendo lo mucho que lo necesitábamos, se empeñaba en mantenerse oculto. ¡Quiero volver al Mundo!, dije, pero no recibí respuesta; tampoco tenía claro el significado de mis palabras.
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Dejamos atrás la colina y bajamos sin prisas, amanecía, y los hombres lobo se habían retirado a sus cubiles, muchos de nosotros habían sucumbido a la fiera y fuerte belleza de los animales hembra y tomaron la decisión de dejarse morder para poder así formar parte de un ejército inverosímil. Ninguno de los que bajaba entendía su comportamiento, pues su único afán era la sed de sangre y vísceras humanas. Nos sentamos a descansar. El intendente hizo café en el camping gas y repartió galletas de soldados y porciones de mermelada, luego se separó de nosotros y abrió un tupperware y comió de él con una avidez sospechosa mientras daba pequeños alaridos de placer. Movido por la curiosidad, el soldado primero Amable Anchoa se acercó con sigilo y la escena que contempló lo dejó estupefacto y, sin pensárselo, sacó su arma reglamentaria, cargó dos balas de plata y, por la espalda, disparó sin compasión sobre el intendente. El sargento Juan de la Cosa, con una llave maestra, lo redujo y, mientras lo ataba de pies y manos, vimos como el cuerpo caído del encargado de las provisiones se metamorfoseaba para convertirse en una hermosa mezcla de lobo-pastor alemán. Los ojos se nos fueron al tupper y al contenido. Dentro había un corazón humano a medio consumir y otro sin empezar. Nunca estaremos del todo a salvo, dijo Amable. Entonces comprendimos; mientras, el sol iluminaba la llanura que se nos abría en frente y la vegetación iba tomando formas concretas.
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© Francisco Devesa - 2010
Me prohíbe comer cordero, dijo sin más explicaciones. Había pasado dos horas de guardia y el relevo, el sargento Arquímedes y yo nos miramos a los ojos buscando la clave de aquellas enigmáticas palabras. El relevo, un muchacho lampiño e impetuoso, con un tono agresivo en la voz, preguntó: ¿quién te lo prohíbe? Él, mirándonos como si no entendiese la pregunta respondió: En mi habitan dos almas gemelas, con bondad y maldad repartidas por igual, dos entes en uno mismo y opuestos el uno al otro, y cuando como cerdo, uno se queja y me maldice, el otro lo hace cuando como cordero y debo hacerle caso al que toma el predominio de mi personalidad; sé que es una cuestión compleja esto de tener dos almas, sobre todo es difícil explicar como se superpone la una sobre la otra, aunque el argumento que más usan es por cuestiones empíricas. El sargento se sentó a la mesa, tomó papel y bolígrafo y escribió unas breves palabras, una vez terminó, enrolló la misiva y con cuidado la ató a la pata de la paloma mensajera y se la envió a Laure, que la recibió mientras desayunaba té, tostadas de mantequilla y mermelada de naranja; cuando finalizó su desayuno, Laure, con mirada serena, pidió una ambulancia, dos enfermeros y una camisa de fuerza. Yo estaba libando un zumo de melocotón cuando aparecieron los destellos del coche de asistencia y, después de dar el santo y seña entraron en las trincheras y, sin dar explicaciones, vistieron al muchacho de dos almas con aquel inquietante ropaje lleno de correas y se lo llevaron a La Casa. Era un soldado querido por todo el pelotón, pero las noticias fragmentadas que nos llegan sobre él no son alentadoras, pues parece que una nueva alma ha tomado la hegemonía de su compleja personalidad y esta le prohíbe tomar CornFlakes con leche y le obliga a tomar Nutella con pan y vino. ¡Una desgracia!
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